lunes, 12 de marzo de 2012

El que invita, paga por Patty Marroquin

A todos nos gustaría ir a cenar a un restaurante fino, donde se preparan exquisitos platillos, servidos con toda elegancia, ¿no es verdad?

Tal vez has estado en la incómoda situación de tener que excusarte, inventando cualquier pretexto, frente a una salida a cenar con amigos a un lugar elegante, porque cada quien debe pagar su cuenta y es muy caro, y tus recursos no te lo permiten o hay otras prioridades en tu presupuesto.

"... Cierto hombre preparó un gran banquete e invitó a muchas personas. A la hora del banquete mandó a su siervo a decirles a los invitados: "Vengan, porque ya todo está listo." Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse". Lc. 14:16-18

Claramente este no es el caso, pero si fue una invitación que Jesús narró a los fariseos miles de años atrás. Se trata de un hombre que hizo un gran banquete, pero ninguno de sus invitados quiso ir, no por el precio, sino por falta de interés. No fue una invitación cualquiera, se trataba de un banquete apoteósico en el mejor de los lugares y sin costo para ellos. Todo estaba pagado, sólo tenían que asistir, pero eso no les importó y cada uno de ellos se fue excusando por un u otro motivo para no asistir. El dueño del banquete terminó invitando a las personas que no eran cercanos a él, y que además eran despreciadas por todos.

Hoy, casi 2000 años después, esta misma invitación sigue en pie. Dios es su infinita paciencia no ha perdido la esperanza de que nosotros aceptemos su invitación, que vayamos a su mesa y cenemos con él, sin que comencemos a darle una y otra excusa para no ir. (2ª Pe.3:9)

Es cierto, todos tenemos ocupaciones y responsabilidades: nuestro esposo(a), los hijos, padres, estudios, el trabajo, el ministerio, etc. Todas razones muy legítimas, pero ninguna de ellas lo suficientemente grande o de peso, como para compararla con la invitación gratuita que Dios nos hace para estar con él. Es gratuita para nosotros, porque el precio ya fue pagado por él, con la vida de su Hijo Jesús, cuando murió en la cruz para darnos vida. En síntesis, cualquier motivo, por legítimo que podamos tener, es secundario y pasa a ser un obstáculo si impide que corramos a su mesa y cenemos con él.

Todavía es tiempo de escuchar la dulce voz de Dios que nos invita a su banquete. Hoy es tiempo de dejar las migajas para disfrutar del banquete que él tiene preparado para nosotros.

¡Vamos, no perdamos más tiempo, esta cena ya fue pagada!

Fuente: http://www.especialidadesjuveniles.com

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