miércoles, 6 de abril de 2011

Odio familiar por Adán Chvivi


Jacob, después de veinte años de haber provocado el furor de su hermano, no esperaba encontrarlo calmado.

Esaú, nunca quiso perdonar el chantaje del que, aprovechándose de un momento de flaqueza y de hambre, le había empujado a renunciar a derechos que jamás pudo recuperar, por más que lloró y amenazó.
Desquiciado, en presencia de su padre, levantó al cielo su mano y juró esperar la hora de la venganza.

Génesis 27:41 Y aborreció Esaú a Jacob por la bendición con que su padre le había bendecido, y dijo en su corazón: Llegarán los días del luto de mi padre, y yo mataré a mi hermano Jacob.

Jacob consciente de su culpa, sabe que en el alma de su hermano esta el recuerdo de aquel día en que los derechos de primogenitura pasaron de uno a otro.

Hay heridas en el alma que parecen no cerrarse nunca, más bien, con el paso del tiempo, se infectan y empeoran. El alma del rencoroso es un infierno en el que arden constantemente ansias de venganza.

Hay ciertos errores que nos acusan.

Jacob, en sus años de exilio, trabajó honradamente y Dios le prosperó. Ahora volvía a casa rico y poderoso, pero con angustia, ya que tenía que encarar la situación con su hermano.

Tarde o temprano, vamos a comparecer ante Dios, cuyas leyes hemos transgredido, y no tendremos forma de justificarnos. Como Jacob, lo más sensato es que, habiendo provocado una ira justa, nos declaremos culpables. No basta con decirlo, debemos intentar algo más.

Jacob preparó un regalo, aceptó la superioridad de su hermano y mostró la necesidad de reconciliación.

En nuestro caso como en el de Jacob, llegó el momento de la reconciliación; tenemos el privilegio de ser presentados sin mancha delante del Padre, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Disfrutémosla.

Lo importante en las relaciones es crear la armonía.

1 comentario:

  1. Romanos 15:7 "Por tanto, sobrellevaos los unos a los otros, como también Cristo nos sobrellevó, para gloria de Dios"

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